LETRAS PROFANAS
Los verdaderos hombres de Dios han reconocido unánimemente, a lo largo del tiempo, que el Evangelio es suficiente medicina para el alma y el intelecto; de ahí que al lado de éste todas las ciencias humanas padezcan un eclipse. El erudito monje benedictino Jean Leclercq ha examinado, en su maravilloso estudio El amor a las letras y el deseo de Dios, la relación ambivalente que ha existido siempre en los hombres de Dios acerca de las letras mundanas o profanas, pues éstas producían en ellos, al mismo tiempo, desconfianza y admiración. No hay duda de que la cultura clásica se incorporó en seguida a las escuelas monásticas, y que los monjes no disimularon nunca el prestigio en el que estaba envuelta la Antigüedad grecolatina. Puede decirse, en suma, que la Iglesia no despreció el saber clásico; muy al contrario, lo usó para elevarse y mostrar de modo admirable la superioridad de los modelos cristianos, sin dejar de admirar lo que de bueno aportaron los grandes hombres del pasado.
Las letras profanas se nos antojan en cualquier caso necesarias. Tal y como lo entendió Casiodoro, el fundador de Vivarium. Y tras él San Benito. Por esta razón hemos creado varias páginas, con el fin de ocuparnos de cada saber por separado. Los cristianos de hoy en día no tienen menor necesidad, si acaso lo contrario, de conocer qué principios son verdaderamente cristianos en campos tan dispares y a la vez tan unidos como la filosofía, la política, la historia, la ciencia o la literatura.
De esta manera, he distribuido la formación en letras profanas en los siguientes espacios:


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