Homenaje póstumo a mi amigo Mario en el vigésimo aniversario de su muerte
Mario es el primero empezando por la derecha. Y aquí, como tantas veces, aparece poniendo en mí sus ojos. Dos décadas es mucho tiempo. Yo no estuve saliendo con mi primera novia ni siquiera una, y sin embargo su paso por mi vida dejó en mi corazón un surco imperecedero. Otra marca, grabada también a fuego en mi corazón, la dejó un amigo. El próximo mes de septiembre hará veinte años que murió atropellado mi amigo Mario. Hoy tendría treinta y tres, como yo. Pero murió con trece. Dos décadas después, a pesar del tiempo transcurrido, todavía lo recuerdo, y no sólo cuando rezo por vivos y muertos: más de dos veces y más de tres he soñado con él jugando al tenis. Y en mis sueños Mario aún está vivo. Mario murió atropellado un día de fiesta. Regresaba de una romería junto a unos amigos cuando un coche apareció por el camino y se lo llevó por delante. El conductor iba ebrio. No recuerdo si mi amigo murió en el acto, u horas después en el hospital más cercano. Pero no se me olvidará...