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Homenaje póstumo a mi amigo Mario en el vigésimo aniversario de su muerte

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Mario es el primero empezando por la derecha. Y aquí, como tantas veces, aparece poniendo en mí sus ojos. Dos décadas es mucho tiempo. Yo no estuve saliendo con mi primera novia ni siquiera una, y sin embargo su paso por mi vida dejó en mi corazón un surco imperecedero. Otra marca, grabada también a fuego en mi corazón, la dejó un amigo. El próximo mes de septiembre hará veinte años que murió atropellado mi amigo Mario. Hoy tendría treinta y tres, como yo. Pero murió con trece. Dos décadas después, a pesar del tiempo transcurrido, todavía lo recuerdo, y no sólo cuando rezo por vivos y muertos: más de dos veces y más de tres he soñado con él jugando al tenis. Y en mis sueños Mario aún está vivo. Mario murió atropellado un día de fiesta. Regresaba de una romería junto a unos amigos cuando un coche apareció por el camino y se lo llevó por delante. El conductor iba ebrio. No recuerdo si mi amigo murió en el acto, u horas después en el hospital más cercano. Pero no se me olvidará...

Misterios del más allá: ¿Qué son los novísimos o las postrimerías? ¿Qué hay más allá de la muerte?

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Los hombres morimos, pero morimos para seguir viviendo. Este elevado misterio, el del más allá, es un interrogante que los hombres llevamos metido en el alma y del que no nos podemos despojar. Algunos, sin embargo, prefieren evitar pensar en la muerte, en el destino final, entregados inútilmente al barullo de la vida, como si ponerse una venda en los ojos fuera a impedir nuestro postrer desenlace. Pero la muerte , en cualquier caso, siempre nos alcanza. Tras ella, ¿qué habrá? ¿Habrá otra vida o no habrá nada en absoluto? ¿Se aniquilará toda conciencia o pervivirá? La doctrina católica no guarda silencio sobre estas cuestiones, a las que llama postrimerías o novísimos, aun tratándose de realidades de las que estamos separados todavía por un insondable velo.